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jueves, 20 de febrero de 2014

Un orbe católico



Estamos tan acostumbrados al mundo laico y secular de la modernidad y a su aparente avance indetenible que nos resulta muy difícil imaginar otro, en el que, a diferencia del nuestro, el catolicismo ocupe el centro de la vida social y personal. Es más, a la mayoría de los católicos es muy probable que un mundo así les resulte no solo imposible, sino aún indeseable. ¿Cómo sería el mundo, sin embargo, si, por el contrario, las tendencias laicistas y agresivamente secularizadoras de las ideologías modernas hubiesen sido derrotadas por la fe católica y ésta fuese la matriz en la que se configurara la sociedad humana? Esto es justamente lo que imagina Robert Hugh Benson en Alba triunfante, una  sorprendente novela escrita en 1911, unos años después de su obra maestra Señor del mundo (1907). De hecho, Alba triunfante no es la continuación de Señor del mundo, sino una suerte de contrapunto, en el que se muestra qué hubiese ocurrido si, en lugar de imponerse el humanismo ateo moderno, el catolicismo se hubiese constituido en el fundamento espiritual de la sociedad moderna.
Robert Hugh Benson

La novela se desarrolla en un ficticio 1973 y, como en Señor del mundo, está llena también de visiones futuristas —estilo Julio Verne— de un mundo lleno de grandes progresos tecnológicos y científicos (el autor parece fascinado por la idea de las máquinas voladoras —es decir, los aviones—, hoy tan triviales para nosotros). Pero no es ese el punto más interesante de ambas novelas, aunque les otorga una calidad cinematográfica también muy adelantada para su tiempo. Lo realmente importante está en la profunda visión metafísica, teológica, cultural y aún política que subyace y se expresa en esta narración. La sociedad cristiana que describe Benson ha logrado una síntesis entre la ciencia moderna y la teología, en la que ambas, en lugar de entrar en conflicto, reconocen cada una su lugar y se enriquecen mutuamente, para provecho de la humanidad. Esta complementariedad de la fe y la razón, que es uno de los rasgos más importantes del catolicismo y que fue equilibrada y brillantemente desarrollada y proclamada como esencial al sistema dogmático católico en el Concilio Vaticano I, está muy inteligentemente expresada en esta obra. Esto obedece no a un mero pacto de caballeros o a una forzada tolerancia, como quizás sucede hoy en día, sino precisamente porque en el corazón del universo bensoniano late la convicción de que el dogma cristiano no es un mero “sistema de símbolos” que vehicula contenidos éticos, sino la única expresión posible de la revelación del núcleo último de la realidad y su sentido. Si esto es así, no tiene la ciencia moderna nada que temer de la fe, ni la fe nada de la ciencia. Ni va la fe a hundir a la ciencia en el “oscurantismo”, ni va la razón científica a disolver la fe, puesto que cada una reconoce su puesto esencial en el acceso del hombre a la comprensión de la realidad, que no queda reducida a mero “hecho positivo”.

Salvator Mundi (Atribuido a Leonardo)

Este es el elemento de la obra de Benson que me parece más relevante y actual y que apunta justo en la dirección de una de las carencias que están en la base de la debilidad que muestra el catolicismo contemporáneo: estamos tan embebidos en una suerte de positivismo materialista y humanista ambiental, que pareciera que los creyentes, muy en el fondo, no nos tomamos realmente en serio la idea de que los dogmas de la fe cristiana no son “simbólicos” (en el sentido moderno de que algo simbólico no es real), sino que son la expresión racional de verdades ontológicas, metafísicas de aquello que es último, fundamental, de la realidad. Hemos olvidado que, en cristiano, lo simbólico es sacramental, es decir, hace presente de manera real aquello que en sí mismo es lo más real de la realidad. En los últimos decenios, un cierto y absurdo desmedro de lo dogmático en favor de lo ético ha terminado —de manera bastante sutil y hasta inadvertida para los creyentes— por reducir el cristianismo a una suerte de ética filantrópica e incluso ha operado una especie de “protestantización” del catolicismo, cuando no en una politización radical-izquierdista del mismo.

Esta distancia entre nuestro mundo y el universo de Benson, donde la ortodoxia no era sinónimo de cerrazón e inmovilismo mental, hace que la lectura pueda resultar incómoda y a veces hasta irritante para nosotros, lectores ilustrados de un mundo que de moderno pasó a nihilista. Sobre todo, cuando nos enfrentamos a la manera en que Benson resuelve el problema de la relación entre la política y la fe en un hipotético mundo ambientalmente católico como el que describe. No quiero abundar mucho en este punto, puesto que no quiero robarle al lector la propia experiencia de la extrañeza, que me parece esencial para el disfrute de la lectura de esta novela. Pero sí es bueno aclarar que hay que entender el propio universo mental de Benson, que es un inglés converso de finales del siglo XIX y principios del XX, monárquico y que desea hondamente ver a su país reconciliado con Roma. Hay que decir que en este difícil asunto, sin embargo, Benson está muy claramente consciente de la diferencia entre el dogma católico y las formas políticas. Y también a su favor, hay que decir que vale la pena leer con atención —justamente si uno tiene convicciones liberales y democráticas— sus observaciones críticas a los modelos políticos modernos, ya que apunta en la dirección de uno de sus problemas fundamentales, aún no resuelto: el problema de las fuentes de la legitimidad política. Es muy interesante también ver cómo Benson, en este punto, acusa muy bien las tensiones internas —que pueden ser muy agudas e inquietantes—, que se presentarían para la Iglesia y los cristianos en un mundo donde ésta fuese, de alguna manera, triunfante.

Finalmente, hay que decir que quizás haya una debilidad en esta novela, comparada con Señor del mundo. Y es que ésta última es, teológicamente, más verosímil. Justamente porque relata ficcionalmente lo que es el contenido de la escatología cristiana, tal como aparece en los textos del Nuevo Testamento: en el fin de los tiempos (que no es algo que va a ocurrir solamente en algún oscuro punto del futuro, sino algo que se inauguró ya con la muerte y la resurrección de Cristo: es justo el tiempo en el que estamos desde hace dos mil años), la Iglesia va a estar en lucha con el Anticristo, que aparecerá incluso como triunfante. Según la Escritura, la victoria final de la Iglesia tiene un carácter esencialmente escatológico. No es que Benson se desdiga de eso, naturalmente: el principio anticrístico sigue presente y activo en Alba triunfante, y las tensiones que se harían presentes a la conciencia cristiana en un mundo católico subyacen a la narración, inquietando al protagonista y al lector. Pero el curso real de la historia parece confirmar más bien la profecía de Señor del mundo que las nostalgias y las esperanzas de conversión del mundo que animaron a Benson a escribir Alba triunfante. No obstante, ambas novelas conforman un gran díptico que tiene que apreciarse en su integridad, para entender la grandeza de la visión de Benson y su muy pertinente convicción de que en la Iglesia católica —con toda su fragilidad— se preserva y transmite la verdad profunda del mundo y de la vida.

Robert Hugh Benson: Alba triunfante, Madrid: Homolegens, 2009, 462 págs. (Esta edición castellana tiene una excelente introducción de Sergio Gómez Moyano, cuya lectura recomiendo a quienes deseen informarse sobre Benson y su obra.)

El texto original en inglés (The Dawn of All) está disponible gratuitamente en Kindle y en eBook.

https://www.goodreads.com/book/show/20755990-alba-triunfante




martes, 28 de enero de 2014

Una distopía católica




Ediciones Cristiandad ha tenido la excelente idea de reeditar esta extraordinaria novela de R. H. Benson, publicada por primera vez en 1907, ocasión en la que se convirtió en un best-seller. Lejos de envejecer, este libro ha cobrado con los años una enorme actualidad, sobre todo si se toma en cuenta que el autor ubica los acontecimientos que narra justamente en nuestra época, a principios del siglo XXI. Fue, en este sentido, una novela futurista y quizás la primera obra del género de las distopías. Como virtualmente escribe sobre nuestro presente, nos toca a nosotros juzgar la pertinencia de su intento y, a mi juicio, el balance es muy favorable para la clarividencia del autor.

R. H. Benson a los 35 años
Benson, como el Cardenal Newman, fue un converso del anglicanismo al catolicismo. Era hijo nada más y nada menos que del Arzobispo de Canterbury y se educó en Eton y Cambridge. Como Newman, era toda una personalidad en la Inglaterra de su tiempo. Su profunda visión teológica encontró expresión, más que en tratados teóricos, en una vasta obra literaria. Sus novelas son una suerte de “teología narrativa” de gran calado y el mejor ejemplo de ello es, justamente, Señor del mundo, que yo no tendría ninguna duda en llamar un tratado de escatología fundamental.

Naturalmente, Benson no podía acertar con respecto a los acontecimientos que se iban a desplegar a lo largo del siglo XX. La historia no es nunca predecible. En lo que sí acertó fue en lo que yo llamaría el desarrollo profundo de las tendencias metafísicas y culturales que cristalizarían en la centuria que tenía frente a él. Cuando Benson escribe, está teniendo lugar ya en el seno del catolicismo el surgimiento del modernismo. Es decir, la idea de que el cristianismo tiene que adaptarse al humanismo ilustrado y moderno para poder ser viable y pertinente en el mundo actual. Benson percibe con claridad que esta tendencia va a tener mucha importancia en las décadas por venir. En su hipotético futuro nos encontramos con un mundo en el cual el humanismo, el socialismo y la “religión positivista” de Comte han logrado construir una suerte de utopía humanitaria que, sin embargo, es en realidad una profunda mentira y, precisamente, el reino nada más y nada menos que del Anticristo, que en perfecta coherencia con la revelación bíblica ―sabia y hondamente leída por Benson―, va a ser un líder inmensamente popular y “humanitario”. El engaño del Anticristo es así tremendamente sutil. Puede confundirse fácilmente con el Evangelio, pero es justamente su contrario, como sucede en el famoso fresco de Luca Signorelli en la Capella di San Brizio, donde éste aparece como un personaje sospechosamente similar a Cristo, pero que tiene, para quien sepa verlo, al Demonio susurrándole al oído.

L. Signorelli: Predica e punizione dell'anticristo (detalle)

Nuestro mundo se parece mucho al de la ficción de Benson. No sólo porque éste logra prever algunos de los adelantos tecnológicos de los que hoy en día disfrutamos, a la manera de Julio Verne, sino porque si hay algo que nos caracteriza es la creencia en el “evangelio secular” de un mundo “humanista” en el que somos capaces de alcanzar la felicidad del hombre solo con nuestros esfuerzos, con el poder de nuestra razón y siguiendo la guía de la “naturaleza” que  nos habla a través nuestros instintos y deseos. Un mundo completamente inmanente, volcado sobre sí mismo y cerrado a la trascendencia y la alteridad de Dios. En la distopía de Benson es la Iglesia quien se mantiene fiel a la verdad y no cae en este engaño “sub angelo lucis”, pero  lo que más inquieta de una lectura de la novela es darse cuenta que, cien años después, esta confusión entre el reino de Dios y el reino del hombre se ha hecho presente, por la fuerza de la cultura ambiental, incluso dentro del ámbito mismo del cristianismo: muchas “teologías” y prácticas pastorales contemporáneas han resbalado sutilmente por esta pendiente y han terminado por obrar una suerte de reducción del cristianismo a una ética socio-política, que ve en la Escritura, la Tradición y el Dogma tan solo una especie de “soporte simbólico” que vehicula unos ciertos valores universales y en la liturgia una “celebración de la praxis” de una Iglesia entendida como una comunidad intramundana comprometida en la realización de un vago programa sociopolítico o filantrópico, cuando no en la franca colaboración con algún régimen “revolucionario” de los que de vez en cuando alzan cabeza en el mal llamado “tercer mundo”. Esto no es otra cosa que una completa secularización de la fe cristiana, por la vía de la erradicación de toda dimensión sobrenatural y por obra de una falsa y falaz contraposición de lo “pastoral” frente a lo “dogmático”. Lo cierto es que lo realmente ortodoxo —o realmente “ortopráxico”, como otros gustan decir— es el primado ontológico de la verdad sobre la caridad, como muy bien ha enseñado Benedicto XVI en su notable encíclica Caritas in veritate. El agape, para que sea cristiano, es un amor en la verdad, un amor que brota del Logos, animado por el Espíritu Santo. La filantropía divorciada de la verdad puede derivar en grandes extravíos, como muy bien lo ve Benson: en su novela, uno de los máximos “logros” de la civilización anticrística es, por ejemplo, la eutanasia, que a los ojos de todo el mundo aparece como una cosa muy “humanitaria” y hasta compasiva.

Dicho en términos de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, el Anticristo no es un tipo como Hitler: el Führer y su obvia y descarnada maldad viene a ser una “tentación de primera semana”, una seducción a obrar un mal demasiado evidente. Es más bien, una tentación de “segunda semana”: un líder “humanitario”, “filantrópico”, “justiciero”, que oculta su perversa intención bajo la apariencia de bien (sub angelo lucis, dice San Ignacio), y que por lo tanto es mucho más peligroso, porque su seducción es también mucho más sutil. No es Hitler, sino el Che Guevara, que era también un asesino psicópata, pero que ha sido estilizado como una especie de santón de la juventud y sus muy loables anhelos de justicia. Como se sabe, el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones.

Es justamente sobre ese extravío posible que advierte la novela de Benson y su lectura es muy pertinente justamente para el momento actual que vive el catolicismo. Frente al peligro de la mundanización y la secularización de la Iglesia, hay que recuperar el horizonte escatológico, metafísico y sobrenatural del cristianismo. Porque, como dijo el Papa Francisco en unas de sus declaraciones recientes, la Iglesia no es una ONG.

Finalmente, es bueno acotar que la densidad teológica de la novela no implica que se trate de una lectura pesada. Por el contrario: es una novela muy ágil, interesantísima y provoca leerla de corrido. Ese es otro de los indicadores de que estamos frente a un gran libro que ha sido injustamente olvidado: es, a la vez, entretenido y profundo.

Para aquellos lectores que lean en inglés, el texto original está disponible completamente gratis en su edición Kindle.

Robert Hugh Benson: Señor del mundo, Madrid: Ediciones Cristiandad, 2013, 400 págs.

https://www.goodreads.com/book/show/18895456-se-or-del-mundo